Hace 30 años el autor estadounidense, Thomas Cahill, escribió un libro que se llama "De como los irlandeses salvaron a la civilización" y se atrevió a sostener lo siguiente:
“Mientras el Imperio Romano caía y unos bárbaros descendían sobre las ciudades romanas saqueando bienes y quemando libros, los irlandeses, que apenas aprendían a leer y a escribir, se dedicaron al arduo trabajo de copiar toda la literatura de Occidente a la que tuvieron acceso, convirtiéndose en el cauce a través del cual las culturas grecorromana y judeocristiana se transmitieron a las tribus recién establecidas en Europa sobre los escombros y los viñedos en ruinas. De no ser por la misión de los monjes irlandeses, que sin la ayuda de nadie fundaron de nuevo la civilización europea por todo el continente, desde las ensenadas y valles de su exilio, el mundo que vino después de ellos hubiera sido completamente distinto, un mundo sin libros. Nuestro propio mundo jamás hubiera llegado a existir tal y como es ahora.”
Esta impactante afirmación, que a todas luces parece exagerada, contrasta con la visión que durante siglos se ha tenido de Irlanda: esa isla alejada en el Atlántico, el último y más despreciado confín de Europa, que nunca fue “bendecida” por la conquista de los romanos, que nunca se enteró de los grandes avances de las civilizaciones, que nunca supo de la filosofía griega, habitada por tribus celtas, iletradas, folclóricas y guerreras, que entendían el mundo según una primitiva mitología y que transmitían una cultura muy sencilla a través de la oralidad y las leyendas.

Monasterio de Glendalough
Los celtas entraron en contacto con las grandes civilizaciones del Mediterráneo, por ejemplo, los galos del sur de Francia lucharon contra los romanos, pero los habitantes de Irlanda nunca fueron colonizados por la cultura grecolatina y así pasaron siglos aislados de los grandes acontecimientos europeos. Entonces ¿cómo pudieron estos rústicos monjes salvar la civilización? Según la visión peyorativa que siempre ha pesado sobre la cultura irlandesa, ¿qué fundamento tendría entonces el libro publicado por Cahill?
Y es que resulta muy sorprendente constatar que tras la llegada de San Patricio a la isla hace 1500 años y la cristianización de sus habitantes a partir de la evangelización de sus discípulos, Irlanda fue sembrada con monasterios dotados con comunidades de hombres y mujeres inmensamente creativos, industriosos y prolíficos. La época dorada del monasticismo irlandés entre los siglos VI y IX significó una de las contribuciones más notables a la civilización occidental.
Hoy solo podemos apreciar las ruinas de estos lugares, emplazados en los parajes más remotos y bellos de la isla esmeralda, pero hace siglos eran como colmenas de abejas con un intenso ajetreo que se mezclaba con la contemplación espiritual y que todavía sorprendería a nuestra agitada sociedad. Estos monjes copiaron una gran cantidad de manuscritos y tratados, alojaban a peregrinos y viajeros, cultivaban los campos aledaños y pescaban en los lagos y ríos, cambiaban el curso de arroyos para la agricultura, iluminaban con coloridas imágenes nunca antes vistas sus códices y biblias, trabajaban con maestría la orfebrería y se trasladaban por toda la isla predicando y fundando monasterios. En sus boticarios mezclaban hierbas, semillas y minerales con fines curativos, actividad de la que surgió el dorado brebaje que ha conquistado el mundo desde hace siglos: el “agua de la vida”, más conocida como el whisky, o whiskey como dicen en Irlanda.

Monasterboice lugar de las más impresionantes cruces celtas de Irlanda
Incluso algunos fundaron comunidades en Francia e Italia y lo más increíble de todo: continuaron con estas sublimes actividades durante siglos aun cuando eran constantemente atacados por los vikingos y sufrían todo tipo de adversidades.
Considerado el códice más sofisticado y maravilloso producido en la Europa medieval, el Libro de Kells fue realizado en estas hostiles circunstancias. Esta espectacular copia manuscrita de los evangelios fue hecha hace 1200 años y se encuentra hoy en la biblioteca del Trinity College de Dublín. Miles de turistas hacen fila para poder verlo, aunque sea por un momento. Para los monjes copistas, la producción de un códice no era un acto mecánico de escritura, sino un proceso de meditación y por eso que estos libros siguen maravillando a una sociedad tan sobre estimulada como la nuestra.
Antiguamente se decía que no conocías realmente Irlanda si no habías visto el Libro de Kells porque es un códice que sintetiza la milenaria cultura de la isla y que armoniza los intricados patrones del arte celta con lo mejor de la estética cristiana de la Edad Media. Una película animada que relata muy bien la fascinante historia del libro más famoso de Irlanda es El Secreto de Kells, una producción de 2009 que veo con emoción todos los años y me animan a volver a la isla.

Libro de Kells conservado en el Trinity College Dublín
A diferencia del resto de Europa occidental donde encontramos comunidades de benedictinos o conventos de franciscanos o dominicos todavía habitando las antiguas dependencias monásticas, en Irlanda los monasterios que tanto hicieron por la cultura, la economía y la espiritualidad están derruidos y deshabitados, ofreciendo al visitante una experiencia nostálgica y mística que traslada a un mundo pretérito, a ese de los monjes que forjaron tamaña proeza.
Sus doradas piedras de arenisca gastada y oscurecida por el tiempo contrastan con el verde intenso de las colinas y bosques que pintan la escenografía natural de Irlanda. Y si resulta exagerado sostener, como Cahill, que estos monjes salvaron a la civilización, su enorme y singular contribución a la cultura europea impacta al visitante que regresará a casa preguntándose ¿cómo es que en un lugar tan remoto, pobre y asolado de Europa se hizo todo esto con tan pocos medios?
He tenido la oportunidad de conocer cientos de iglesias, abadías, castillos y catedrales medievales en Europa, pero lo que me pasó en Irlanda al contemplar estos lugares fue especial. Visitar estos monasterios no es turismo, es vivir la historia de una manera tan intensa que apela a todos nuestros sentidos y que contradice tan radicalmente lo que hemos escuchado o leído. Porque la civilización occidental es mucho más que Grecia y Roma, como Irlanda es mucho más que Dublín y Belfast. Bienvenidos a la tierra de la diosa Ériu de los celtas, a la verde Eire, Fáilte go hÉirinn!
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