DESTINO

Puerto Maldonado: En lo profundo de la selva

En Perú, la selva amazónica cubre alrededor del 60% del territorio. Cerca de la frontera con Bolivia está Puerto Maldonado, capital de la biodiversidad del país y un gran punto de partida para visitar áreas naturales que resguardan vírgenes bosques tropicales. Entre ellas, la reserva nacional Tambopata, rica en flora y refugio natural para cientos de especies de aves, mariposas, mamíferos e insectos. Infinitos bosques, sinuosos ríos y tranquilos lagos se recorren por medio de canoas y caminatas, de día y de noche, en una experiencia que lo lleva a uno a insertarse por completo en la selva. 

Amazonas, Perú
Amazonas

Cuando aterrizamos en Puerto Maldonado, no sabíamos bien qué esperar. Nunca habíamos escuchado hablar de esta ciudad ni de la región amazónica en la que estaba: Madre de Dios.

En el aeropuerto había un transfer esperándonos para llevarnos a vivir una experiencia en la selva, que era lo que habíamos optado por hacer en nuestras vacaciones. En papel –o correo electrónico, en realidad– sonaba bien, pero la verdad era que no teníamos idea de qué se trataría. Para visitar la selva generalmente uno va a Iquitos, en el norte de Perú, pero a nosotros nos habían recomendado otra zona, al sudeste, cerca de la frontera con Bolivia.

Puerto Maldonado, donde acababa de llegar con mi familia –un grupo de ocho personas–, es una ciudad enclavada en la mitad de la Amazonía que se percibía calurosa, húmeda y caótica, principalmente debido a su tráfico. Las motos, con dos o tres pasajeros, dominaban las calles andando a toda velocidad. Muchas estaban “reacondicionadas” como autos, transportando pasajeros en un asiento techado atrás. Como la ciudad no destacaba por su belleza y, aparte del típico mercado local, no había mucho que hacer, enfilamos hacia las afueras en el transfer. Puerto Maldonado es el punto de partida a importantes áreas naturales que resguardan vírgenes selvas como el Parque Nacional del Manu, el más conocido. Nosotros nos dirigíamos a la Reserva Nacional Tampobata, de menor tamaño y con menos turistas.

El transfer nos dejó en un muelle donde había una especie de canoa techada a motor. Desde aquí ya no había caminos ni carreteras; la gran arteria para moverse era el caudaloso río Madre de Dios, y para explorar la selva había que quedarse en algún ecolodge en la ribera. Nosotros íbamos a Inkaterra Reserva Amazónica.

Subimos a la lancha, nos pusimos los salvavidas y lentamente emprendimos la navegación río abajo, la cual se tornó cada vez más rápida hasta que sentimos que íbamos a toda velocidad. A los lados veíamos una majestuosa y frondosa selva tropical, como en las películas. De a poco nos alejamos de la civilización y nos adentramos en lo desconocido.

DESCONEXIÓN TOTAL

Nos detuvimos después de 45 minutos en un pequeño muelle, propiedad del lodge. Ahí nos llevaron al Eco Center, donde nos presentaron a quien sería nuestro guía por estos seis días: Gustavo, un veinteañero de cara amigable y vestido como si estuviera listo para la aventura, con banano y walkie talkie. Él nos contó sobre la importancia de los ecosistemas del bosque lluvioso y nos presentó nuestro itinerario de actividades, aunque éste era flexible y básicamente podíamos elegir qué hacer cada día.

Gustavo también nos explicó lo esencial de esta reserva ecológica privada de 200 hectáreas: aquí no había wifi ni ninguna conexión a Internet. Además había electricidad limitada: entre las 11 de la noche y las cuatro de la mañana cortaban la luz. Era una desconexión total.

Inkaterra Reserva Amazónica en Tambopata, Perú
Inkaterra Reserva Amazónica

Nos instalamos en las cabañas, que tenían techo de paja y mallas para los insectos en vez de ventanas de vidrio. Eran rústicas pero bien cuidadas y con instalaciones de la mejor calidad. Cada habitación tenía dos camas con mosquiteros y dos hamacas. En la puerta había una lámpara a parafina que usaríamos para movernos de noche.

Por la luz y el calor, aquí se desayunaba, se almorzaba y se comía temprano. Como ya eran las ocho de la noche, fuimos al restaurante. La comida era sabrosa, con ingredientes de la región y platos típicos peruanos. 

Más tarde, ya dentro de la cabaña y con la luz cortada, fue inevitable mirar para afuera, donde no había más que oscuridad. A pocos pasos se alzaba la selva. Además de algunos ruidos de animales, un profundo silencio dominaba el lugar.

LA SELVA DE NOCHE

Las excursiones partían temprano, algunas a las seis de la mañana. Nos reunimos con Gustavo a las nueve en el Eco Center, punto de encuentro antes de cada excursión. Ahí nos entregaron botas largas de goma para caminar por la selva sin preocuparnos del barro, abundante en esta época (febrero). Después de rociarnos repelente, partimos a recorrer el sistema de trochas de la reserva, para observar su variada vegetación, insectos y aves. Eran senderos de barro rodeados de infinidad de árboles como el shihuahuaco y el ficus estrangulador. A veces uno se hundía hasta la pantorrilla, por lo que agradecimos las botas. Gustavo nos iba indicando lo que veíamos y en ocasiones interactuaba con la flora y fauna.

Como los animales tienden a evitar la presencia humana, las oportunidades de verlos eran imprevisibles. Vimos mariposas, ranas, ardillas y ciempiés. También lianas y ramas con forma de serpiente.

Una de las cosas más llamativas fueron las hormigas. Las vimos desfilar entre nuestros pies cargadas con hojas, las cuales llevaban a sus nidos. Cada una se movía rápida y ordenadamente. De lejos parecía como si las hojas se moviesen solas.

Volvimos al par de horas, almorzamos y en la tarde volvimos a salir, esta vez a recorrer unos aguajales (áreas pantanosas con palmeras) por un puente de 200 metros de largo. Aquí pudimos observar la transición del ecosistema de seco a húmedo, mientras una suave lluvia nos cubría.

Tambopata, Perú
Excursión por el río

En la noche, luego de ver un atardecer verdaderamente dramático, con fuertes colores rojos mezclándose entre las nubes, fuimos a recorrer el río en lancha. De a poco, las especies nocturnas comenzaron a aparecer, como algunos caimanes y búhos.

Día a día elegíamos qué actividad queríamos hacer. Seguíamos desconectados, sin saber qué pasaba en el mundo exterior. Los ratos libres los pasábamos jugando dominó, leyendo y persiguiendo añujes, unos roedores similares a las ardillas que se movían entre las cabañas.

El tercer día salimos a las siete de la mañana hacia la quebrada Gamitana. Para ello nos subimos a una canoa pequeña, esta vez a remo. El riachuelo por el que andábamos era angosto y tranquilo. Aquí vimos un capibara, el roedor más grande del mundo: puede llegar a medir un metro y medio de largo y pesar 80 kilos. Estaba sumergido en la ribera, masticando tranquilamente una hoja.

Por la noche tuvimos la opción de hacer una caminata nocturna por la selva. Cuando mencionaron que habría tarántulas, desistí de la idea y me quedé en la cabaña. La idea era ir y experimentar la actividad animal que despierta al ponerse el sol. Cuando mi familia volvió contando que Gustavo había golpeado con un palo un nido de estas arañas para que salieran de su nido, agradecí mi decisión.

BIRDWATCHING Y CANOPY

Al día siguiente salimos a las seis de la mañana a la que prometía ser la mejor excursión: el lago Sandoval. Ubicado dentro de la Reserva Nacional Tambopata, para llegar a él tuvimos que andar en lancha y luego realizar una caminata más pesada. Más que por su extensión, por el trayecto: estaba inundado, por lo que la marcha se hacía ardua, sobre todo por el peso que iban adquiriendo las botas con el barro.

Tambopata, de un millón y medio de hectáreas, es famosa por su biodiversidad: aquí se han detectado 600 especies de aves, 1.122 de mariposas, 151 de libélulas y 29 de escarabajos.

Luego de casi un par de horas de caminata llegamos a un muelle, tomamos unas canoas de madera y comenzamos a remar. Cuando llegamos al lago el impacto fue grande: era un espejo de agua de 127 hectáreas rodeado de palmeras. Esta laguna es paradero de más de 40 aves migratorias, por lo que es un buen lugar para el birdwatching. Aunque no pudimos ver guacamayos, sí vimos garzas, tortugas y murciélagos colgando graciosamente de los árboles. Tampoco vimos las nutrias gigantes de río, pero sí escuchamos monos aulladores.

Canopy en Reserva Nacional Tambopata
Canopy en Reserva Nacional Tambopata

Ya en el lodge, almorzamos y luego seguimos con la aventura: fuimos al canopy, una red de siete puentes colgantes a 45 metros de altura, en las copas de los árboles. Para llegar arriba tuvimos que subir una torre de 29 metros. Estuvimos ahí una hora y media mirando de cerca diferentes árboles, orquídeas y tucanes. Cuando caminábamos de vuelta por los senderos que conducían al lodge vimos un oso perezoso que se movía lentamente de un árbol a otro, colgando en lo alto. Verlo “en acción” –si es que sus lentos movimientos pueden calificarse así– fue uno de los puntos altos del viaje.

Oso perezoso
Oso perezoso

Finalmente llegó el día de regresar a la civilización. La canoa motorizada nos dejó en Puerto Maldonado, pero antes de ir al aeropuerto visitamos la Casa de las Mariposas, con cientos de especies endémicas. Hace solo unas horas habíamos visto estos insectos en la selva, libres y salvajes. Verlas aquí era distinto. Nunca olvidaríamos lo que había sido ver animales en su hábitat natural. Aunque fuera tan solo una mariposa amazónica.

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DATOS PRÁCTICOS

CONECTIVIDAD

Vuelos diarios conectan Lima con Puerto Maldonado (de 1 hora y 40 minutos). Hay que coordinar previamente la recogida en el aeropuerto con el lodge reservado.

EQUIPO

Se recomienda el uso de prendas de algodón para contrarrestar el calor durante el día, sobre todo pantalones y camisas manga larga. Para la noche se sugiere llevar una chaqueta. Por las lluvias repentinas es bueno andar con un impermeable. Elementos básicos son bloqueador, sombrero y repelente.

CLIMA

El clima es tropical, con una temperatura promedio de 32°C. La temporada de verano es entre diciembre y marzo, con lluvias frecuentes por la tarde.

LODGES

En la ribera del río Madre de Dios hay múltiples albergues y reservas privadas. Inkaterra Reserva Amazónica, elegido por National Geographic como uno de los mejores ecolodges del mundo, está a 45 minutos de navegación de Puerto Maldonado y tiene distintos programas para explorar la selva.


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