ESTILO Y CULTURA

Hiram Bingham y Machu Picchu: la ciudad perdida en las nubes

El supuesto descubridor de uno de los tesoros arqueológicos más importantes de latinoamérica fue un académico de aspecto aristocrático y espíritu aventurero, quien se atrevió a recorrer los andes peruanos en medio de una era dorada para la exploración. No obstante, su hazaña, y la conmoción mundial que generó, no estuvieron a salvo de controversias. 

Machu Picchu
Machu Picchu

El domingo 15 de junio de 1913, The New York Times anunció con gran fanfarria que una “ciudad perdida en las nubes” había sido descubierta después de siglos. El afortunado descubridor era el estadounidense Hiram Bingham, un joven profesor de historia latinoamericana de la Universidad de Yale, que había encontrado ese tesoro de dos mil años de antigüedad. El periódico lo describía como “un sitio de esplendorosos palacios y templos circulares escondido en la punta más inaccesible de los Andes peruanos, a la que él llama Machu Picchu”. Cuando un reportero del mismo diario lo recibió en un muelle en Nueva York a su regreso de Perú, Bingham se veía delgado y enjuto, todavía recuperándose de la fiebre amarilla, pero también feliz. El explorador señaló que no podía dar mayores detalles sobre su espectacular descubrimiento porque su expedición había sido financiada en parte por la National Geographic Society que, al igual que Yale, había contribuido con 10 mil dólares, y por lo tanto toda la información sería publicada en la revista de esa organización. 

El artículo apareció meses después, con 250 fotos capturadas por el propio explorador y la historia del descubrimiento narrada en primera persona. “A nuestro alrededor se levantaban los magníficos picos del cañón del Urubamba, mientras que dos mil pies más abajo corrían las aguas del ruidoso río”, escribió. “Al oeste encontramos a tres familias indígenas que habían elegido este nido de águilas para vivir, construyendo un sendero que en parte estaba formado por escaleras hechas con ramas y lianas de árbol. A través de la espesa vegetación, pudimos descubrir de pronto una masa de antiguos muros y las ruinas de edificios fabricados con bloques de granito unidos a través del más refinado estilo de arquitectura inca. Un poco mas allá, en un pequeño claro, distinguimos dos espléndidos palacios o templos. La vista era asombrosa”.

LA ERA DORADA DE LA EXPLORACIÓN

El explorador llegó a Perú por primera vez en 1908, cuando, después de asistir al primer Congreso Científico Panamericano realizado ese año en Santiago, un colega lo convenció de visitar la ciudad precolombina de Choquequirao. Bingham quedó encantado con los misterios de ese país, y, así, regresó en 1911 con la intención de descubrir ciudades olvidadas. Primero redescubrió Vitcos, luego llegó a Vilcabamba, y finalmente, gracias a la guía de un cusqueño, a Machu Picchu.

La noticia del descubrimiento de Machu Picchu creó conmoción mundial, en parte porque ocurrió en una era dorada para la aventura y la exploración. Al mismo tiempo que Bingham viajaba a Perú –travesía que sirvió de inspiración a Steven Spielberg para el mítico personaje de Indiana Jones–, otros aventureros ponían su bandera en lugares remotos. En 1911 el noruego Roald Amundsen se hizo célebre por ser el primero en cruzar el peligroso paso del Noroeste, casi al mismo tiempo que Aleister Crowley escalaba dos de las montañas más altas del mundo. Por otra parte, la rivalidad entre Robert Peary y Frederick Cook por llegar al Polo Norte se hizo legendaria, tanto así que cuando Peary finalmente telegrafió su triunfo, Cook, frustrado pero no derrotado, anunció de inmediato su intención de organizar una expedición al Polo Sur.

Bingham tenía su propia rival: Annie Smith Peck, una formidable profesora de Rhode Island que a los 60 años se convirtió en la primera mujer en escalar el Huascarán, el monte más alto de Perú. El académico sentía por ella tanta admiración como envidia, porque a sus 36 años estaba lejos de tener la fama de Peck, que para entonces era tan célebre como la actriz Sarah Bernhardt.

Acarreando sus libros de anotaciones y sus rifles, vestidos en fedoras, pantalones caqui o pieles de foca, estos exploradores despertaron las fantasías de millones a comienzos del siglo XX, y con su aspecto aristocrático y una exótica historia familiar de misioneros en las islas del Pacífico, Bingham satisfacía a la perfección la imagen de hidalgo aventurero.

UN DESCUBRIMIENTO POLÉMICO

El gran descubrimiento de Bingham, sin embargo, no estuvo a salvo de controversias. Uno de sus mayores errores fue identificar a Machu Picchu como la última capital de los incas –la “ciudad perdida”–, lo que luego fue rectificado por el explorador Vince Lee, quien llegó a la conclusión de que esa ciudad era Vilcabamba. Más dañino aún para el legado de Bingham son los estudios y testimonios que señalan que el suyo no fue un descubrimiento, sino un redescubrimiento. Los herederos de dos misioneros, Thomas Payne y Stuart McNairn, aseguran que sus antepasados ya habían visitado a las tres familias instaladas en el lugar en 1908, al menos tres años antes de la llegada del explorador. Incluso la administración oficial de Machu Picchu reconoce hoy a otra persona como el descubridor original del histórico sitio: Agustín Lizárraga.

Lizárraga, un agricultor peruano aficionado a la exploración y la arqueología, organizó a comienzos del siglo XX una expedición con la idea de buscar nuevas tierras para plantación. Al llegar a Machu Picchu, consciente del extraordinario sitio que había encontrado, inscribió su nombre y la fecha –14 de julio de 1902– en un muro del Templo de las Tres Ventanas.

Bingham tomó nota de la inscripción en sus apuntes durante su primera visita e incluso anotó detalles de quién era Lizárraga y dónde vivía, pero no lo mencionó en su artículo de National Geographic ni en su best seller, “La ciudad perdida de los incas”. Su nombre solo se hizo conocido cuando en 2011 el cusqueño Américo Rivas publicó su libro “Agustín Lizárraga: el gran descubridor de Machu Picchu”.

Otro punto complicado fue la excavación y transferencia de objetos, piedras, osamentas e incluso momias de Perú a Estados Unidos, lo que en parte tuvo lugar gracias a las conexiones universitarias y políticas de Bingham. Hoy, el gobierno peruano aún disputa con Yale la devolución de alrededor de 40 mil piezas arqueológicas.

Con la gloria –merecida o no– de su famosa expedición, Bingham continuó adelante con su distinguida carrera académica en Estados Unidos, haciendo clases en Harvard y Princeton, y publicando numerosos libros sobre sus aventuras en Latinoamérica. En 1924 fue elegido gobernador de Connecticut y luego obtuvo un sillón como senador republicano por ese estado, cargo que ejerció durante siete años. Aunque sufrió algunos tropiezos –en 1929 enfrentó un voto de censura por traspaso de información privilegiada–, su paso por la política fue destacado y contó con el apoyo de importantes familias: su primera mujer, Alfreda Mitchell, era la nieta del fundador de la casa de joyas Tiffany & Co., y su segunda mujer, Suzanne Carroll Hill, era descendiente de uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

El explorador murió en 1956 a los 80 años. Hoy está enterrado en el cementerio de Arlington en Washington, donde su tumba simplemente dice: “Hiram Bingham, teniente coronel del ejército”, en recuerdo de su paso por las fuerzas armadas.

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