VIAJEROS

Hay que darle tiempo al tiempo

Dibujo de un crucero

Que los apuros y las prisas pueden echar a perder un viaje es una máxima que los agentes de viaje siempre tenemos presente. Hay pasajeros que tratando de “sacarle el jugo” a las vacaciones eligen conexiones aéreas muy apretadas para optimizar el tiempo y se la juegan para que todo resulte. El calvario se inicia apenas embarcan. No se relajan en el vuelo pensando en lo que sucederá en el aeropuerto de conexión. “Ojalá no haya mucha gente en Inmigración”, “¿y si no alcanzamos a conectar?”, son parte de los pensamientos que los torturan. A la llegada luchan por bajar del avión y corren por el aeropuerto; sufren con otros pasajeros que se demoran, a veces alcanzan la conexión pero quedan destrozados, y si no lo logran el sufrimiento continúa… “¿A qué hora sale el próximo vuelo?”, “¿dónde estarán nuestras maletas?”.De verdad no vale la pena el esfuerzo. Se sufre mucho y se gana poco. Un viaje bien programado otorga la tranquilidad que requieren las vacaciones. Además, gastar unas horas en un aeropuerto no es malo: hay tiendas, duty free y observar a los otros pasajeros es una entretención. Las horas pasan rápido y el viaje continúa sin presión.

Hace un par de años fui testigo de un problema mayor que sufrió un matrimonio amigo que buscó por cuenta propia “la mejor conexión” para llegar a Barcelona y embarcar desde ahí en un crucero. Con mi mujer habíamos llegado dos días antes a la capital catalana para abordar el mismo barco por el Mediterráneo. En el puerto, mientras esperábamos nuestras tarjetas de embarque divisé a lo lejos a José Tomás, un amigo chileno, y su señora. Hace años que no los veía por lo que resultó muy grato encontrarlos ahí. Mi amigo es un tipo muy particular; nunca conocí a alguien tan elegante. Siempre fue así. Me acuerdo que en la universidad le decían “el príncipe estudiante” por su forma de ser; ropa de marca pero sin marca a la vista. Su señora era como él; en esta ocasión vestía muy casual en un suave tono beige, con cartera y botas del mismo color. Todo composée.

Nos encontramos con ellos al embarcar. Venían descompuestos. “¡No llegaron nuestras maletas!” –dijo José Tomás con evidente malhumor– “Al parecer quedaron en Madrid. Nosotros alcanzamos la conexión, pero las maletas no”. Le sugerí que llamara a su agencia para que lo ayudaran a rastrearlas. “Imposible” –me contestó– “Compré los pasajes por internet”. La situación no era fácil. Viajar sin más ropa que la puesta no tiene ninguna gracia, sobre todo en un crucero de 12 días. Las aerolíneas se encargan de enviar las maletas al barco, pero en este caso el primer día era solo de navegación, por lo que no llegarían fácilmente. Recién al segundo día atracaríamos en Valencia, donde mi amigo podría recibir sus maletas o comprar lo requerido. En el crucero hay tiendas de ropa, pero de tallas enormes y un diseño que de seguro a José Tomás no le agradaría.

Embarcamos y no los volvimos a ver hasta cuatro días. Aunque sus maletas aún no les llegaban, lucían alegres e impecables. Nos confesaron que en Montecarlo, la segunda parada del crucero, encontraron ropa de su gusto. No cabe duda, pensé, Mónaco era para ellos. El encanto les había vuelto; ahora estaban a sus anchas y recuperados del mal rato. Para ellos el problema se había solucionado, pero yo sigo pensando que siempre será más conveniente darle más tiempo al tiempo de conexión.

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