INSPIRACIÓN

Belmond Andean Explorer: Postales andinas de un viaje en tren

El tren de lujo Belmond Andean Explorer, el primero con pernocte a bordo de Sudamérica, atraviesa una de las rutas ferroviarias más altas del mundo: los Andes peruanos. En su recorrido se disfrutan de impresionantes paisajes, sofisticada gastronomía y toda la comodidad del lujo, en un exclusivo viaje que cruza el sur de Perú, moviéndose entre las ciudades de Cusco, Puno y Arequipa. Y si bien los lugares donde se detiene son de gran belleza y con una rica historia cultural, es el viaje en sí mismo el que convierte esta travesía en una experiencia inolvidable. 

Belmond Andean Explorer en Lagunillas, Puno
Belmond Andean Explorer en Lagunillas, Puno

Son las 11 de la mañana y la estación de ferrocarriles de Cusco se ve animada, con música y bailes andinos. Un grupo de personas está a punto de subir a un tren. Por el aspecto festivo de la situación, cualquiera diría que están despidiendo a una delegación de deportistas o diplomáticos.

En realidad es solo el embarque de los pasajeros del Belmond Andean Explorer, el primer tren de lujo de Sudamérica con pernocte a bordo, el cual abordaré en unos minutos. Ya lleva dos años funcionando con rutas entre Cusco, Puno y Arequipa, adentrándose por cumbres andinas y aislados pueblos. El programa que nosotros haremos será de tres días, comenzando en Cusco, viajando por el altiplano hacia el lago Titicaca y finalizando en Arequipa.

Por fuera el tren se ve sencillo y no llama la atención: tiene vagones azules, techo blanco y cruces chacanas metálicas por los costados, símbolo representativo de la civilización inca.

Mientras los locales nos despiden con coloridos ponchos, tocando flautas y agitando pañuelos, los 37 pasajeros, de distintas nacionalidades, nos reunimos en uno de los vagones. La mayoría son europeos o estadounidenses, entre los 45 y 60 años. Cuando el personal a bordo ya ha repartido una copa de champaña a cada uno, la locomotora comienza la marcha.

FLORA Y FAUNA ANDINA

Christopher Mendoza, train manager, nos da la bienvenida y hace un salud “por un viaje seguro y divertido”. Cada vez que se dirija a nosotros lo hará en español e inglés. Después de presentar a la tripulación –personal de servicio, cocineros, mecánicos y un enfermero, todos vestidos en impecables trajes beige–, nos llevan a nuestras habitaciones.

El tren tiene 17 carros, de los cuales ocho tienen dormitorios (24 cabinas dobles). Cada uno lleva el nombre de alguna especie de flora o fauna andina: Coca, Totora y Yareta, entre otros. El mío se llama Kiwicha: una planta que produce un cereal similar a la quínoa. El resto son los coches públicos: Llama y Muña corresponden al comedor, Ichu es el coche observatorio (que tiene un espacio abierto a modo de mirador), Maca es el piano bar y Picaflor es el spa. También hay una tienda boutique y una biblioteca.

Por dentro el tren tiene una decoración inspirada en los colores y texturas andinas, con suaves tonos grises y tejidos de lana de alpaca hechos a mano. A esto se suman acabados de madera y piedra local, paredes revestidas de lino y asientos de cuero.

Carolina, encargada de servicio al cliente, me lleva a mi cabina. Es pequeña, con poco más de siete metros cuadrados. De todas formas, llama la atención todo lo que cabe: un sillón que se convierte en cama (la otra cama está escondida en la pared), una pequeña mesa con dos asientos junto a una ventana, un velador y un baño. Sobre la mesa me esperan tres pasteles a modo de bienvenida. Ya con esto, el viaje pinta para bien.

Iglesia de Raqchi
Iglesia de Raqchi

Carolina indica que como este viaje pasa por una de las rutas ferroviarias más altas del mundo –alcanza los 4.300 metros de altura–, todas las cabinas tienen tanque de oxígeno. Esperando que el mal de altura no me afecte, voy al restaurante a almorzar. Para eso tengo que recorrer seis vagones por estrechos pasillos, lo cual hago inestablemente por el movimiento de la locomotora.

El menú del restaurante –creado por Diego Muñoz, ex miembro del equipo de Gastón Acurio– se compone principalmente por ingredientes andinos. La comida es liviana y viene en porciones pequeñas para enfrentar la altura, donde la digestión es más lenta. De entrada sirven choclo con queso, seguido de milhojas de vegetales y naranja pochada con mousse de chirimoya de postre.

Mientras almuerzo, por la ventana veo el río Vilcanota, montañas y campos de maíz bajo un fuerte sol. Como solo hay wifi en los bares –y con muy mala señal– es la oportunidad perfecta para desconectarse y perderse en el entorno. La velocidad del tren, de 48 kilómetros por hora, ayuda en eso. El almuerzo termina con un digestivo de pisco con muña, la “menta andina”, un té emoliente de airampo, cebada y limón, y un brownie de chocolate. Con el estómago lleno, estamos listos para la primera excursión.

4.319 METROS DE ALTITUD

Nuestra primera parada es en Raqchi, a 3.480 metros de altura, donde están los restos arquelógicos de un templo construido por los incas a Wiracocha, su dios creador. Hoy solo quedan algunas de las monumentales paredes, que miden unos 20 metros y fueron construidas con adobe, basalto y paja por orden del Inca Pachacutec, en la ruta sur del Valle Sagrado.

Luego de una hora volvemos al tren, donde el personal nos entrega toallas húmedas para limpiarnos, como lo hará luego de cada excursión.

La Raya
La Raya

Mientras tomamos el té de la tarde, los pasajeros, mayormente parejas, pasan el tiempo leyendo, jugando cartas o tomando algo, mientras por las ventanas disfrutan de postales andinas. En la tarde nos detenemos en La Raya, el punto más alto de la ruta: está a 4.319 metros, en un punto que separa las regiones de Cusco y Puno, con extensas planicies y altas montañas. Apenas bajo del tren veo una iglesia y puestos artesanales. Ya pronto oscurecerá, por lo que la mayoría de los pasajeros vuelve a subir rápidamente. El panorama es silencioso: además de nosotros y los locales, no hay nadie más. Cuando ya está oscuro y el frío se adueña de mis manos, vuelvo a abordar. La prueba del mal de altura ha sido superada.

El día ha sido largo por lo que me voy temprano a mi habitación. La cama ya ha sido armada por el personal, por lo que, a pesar del ruidoso movimiento del tren, que sigue andando, concilio el sueño de inmediato.

ISLAS FLOTANTES

El segundo día gira en torno al Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Desde anoche que estamos en la estación de Puno, ciudad junto al mítico cuerpo de agua que exploraremos hoy en bote. Para ello nos reunimos a las ocho de la mañana en el piano bar.

Luego de 20 minutos comenzamos a ver las islas flotantes de los Uros. En total son más de 100. Al descender en una de ellas siento de inmediato un movimiento de vaivén. El jefe isleño nos explica que las construyen con totora del fondo del lago, amarrándola para formar plataformas habitables, algo que les puede tomar hasta un año. Sobre las islas construyen sus casas, también con totora. Aunque los uros han vivido de esta manera por 600 años, se han ido adaptando: hoy tienen paneles solares, lo que les permite tener electricidad.

Continuamos la navegación hacia Taquile, la tercera isla más grande del lago: tiene 10 kilómetros cuadrados. Aquí no hay calles ni vehículos, solo caminos de tierra. Después de subir una pequeña colina, llegamos a una casa donde nos recibe una familia para almorzar. Saboreamos una sopa de quínoa, trucha a la plancha con arroz y papas, y mate de muña.

El lugar es agradable y tiene una bonita vista al lago y a una playa de arena blanca. Cuando comienzan a sonar truenos, es hora de volver al bote. Luego de una hora y media, estamos de regreso en Puno. En la estación nos esperan con el té de la tarde, con queques, frutas y pasteles, y un violinista animando la velada. En las afueras de Puno, desde las vías del tren, observo un espectacular atardecer, en medio de planicies desérticas. En ese momento mi celular vibra: por fin se conecta al wifi. Alcanzo a revisar algunos correos y a enviar un par de mensajes antes de perder la señal.

Luego de la cena –que esta vez incluye un “capuchino” de pallares (legumbres), ocopa de langostinos, ravioles de camote y crema de limón de postre–, el tren se detiene en Saracocha, donde dormiremos. Bajamos brevemente a observar las estrellas con Carlos, el guía a bordo, quien nos muestra algunas constelaciones. Mientras, Jonathan, el músico del tren, toca animadas canciones con su guitarra en el coche observatorio, desde Fito Páez hasta The Rolling Stones.

AMANECER ALTIPLÁNICO

El último día comienza temprano: a las cinco de la mañana algunos pasajeros –solo ocho; el cansancio le gana a la mayoría– bajamos con el guía a ver el amanecer. Afuera está oscuro y frío. Con linternas, caminamos por un sendero hasta que alcanzamos la cima de una colina, frente a una laguna. Nos detenemos junto a un brasero a esperar que salga el sol. De a poco el cielo aclara y muestra un juego de colores que se refleja en la laguna. Ya con luz, disfrutamos de un espectacular paisaje.

La salida de este lugar a bordo del tren, bordeando un gran lago, entrega las mejores vistas del viaje. Desde la plataforma exterior del último vagón, cada curva es una oportunidad para una excelente fotografía. El frío es rudo pero las panorámicas recompensan el sacrificio.

Isla Taquile, Lago Titicaca
Isla Taquile, Lago Titicaca

A las 10 realizamos nuestra última parada: las cuevas de Sumbay. Ubicadas en el Cañón del Colca, contienen más de 500 pinturas rupestres que representan vicuñas, guanacos, pumas y personas. Para llegar caminamos por un sendero que desciende en un pequeño cañón. Abajo admiramos las paredes de rocas pintadas con figuras hace más de siete mil años.

El viaje ya va llegando a su fin y lo noto en el paisaje, mientras avanzamos en el tren. A medida que nos acercamos a Arequipa, las pampas, pobladas de vicuñas, se van tornando más verde y algunos volcanes característicos de la zona se asoman. Luego de un último almuerzo a bordo, llegamos a Arequipa. El personal nos da la despedida en el piano bar, donde hace solo dos días nos había recibido. Los últimos minutos se van entre animadas conversaciones. Algunos pasajeros continuarán su viaje por Perú hacia Lima; otros irán a la selva. Sea donde sea, de seguro seguirán hablando de esta travesía por un tiempo.

Si tú también quieres vivir esta experiencia, encuentra el vuelo perfecto a Perú aquí.

DATOS PRÁCTICOS

TREN

Belmond Andean Explorer tiene cuatro itinerarios, de una y dos noches, que recorren rutas entre Cusco, Puno y Arequipa. El tren tiene 24 cabinas dobles, que pueden ser con cama matrimonial, dos camas o un camarote. En los cuatro programas está todo incluido a bordo (menos los servicios del spa).

ATRACTIVOS

Las paradas en la ruta son en el parque arqueológico Raqchi, La Raya, lago Titicaca (islas flotantes de los Uros y Taquile), Saracocha y cuevas de Sumbay.

INDISPENSABLES

Para las excursiones, la empresa entrega bastones de trekking, paraguas y botellas de agua a los pasajeros. Un artículo imprescindible que hay que llevar es un sombrero.

ALTITUD

Como es un viaje de grandes altitudes – entre 2.300 y 4.300–, es recomendable aclimatarse previamente para evitar el mal de altura. Se sugiere descansar los primeros días y evitar el esfuerzo físico, además de hidratarse adecuadamente. El té o mate de coca es un gran aliado para enfrentar las altitudes. De todas formas, y a manera de prevención, a bordo del tren cada habitación tiene un tanque de oxígeno.

CLIMA

Por las distintas ciudades y altitudes recorridas, el clima es variable. Incluso, dentro de un mismo día la temperatura puede cambiar bastante, por lo que es recomendable llevar ropa tanto para el calor como para el frío. Como referencia, en Puno hay mínimas de hasta 3°C. Ojo que en el verano hay lluvias.

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